
Por Fernando Quirós
La transformación de la universidad en las últimas décadas no puede comprenderse como una sucesión de reformas aisladas ni como una adaptación técnica a nuevas exigencias productivas. Lo que ha ocurrido es más profundo y más estructural: una mutación en la forma en que las sociedades contemporáneas conciben el conocimiento, su valor, su función y su lugar en la economía política. Esta mutación, que diversos autores han agrupado bajo la noción de capitalismo cognitivo, ha reconfigurado la universidad desde sus cimientos, desplazando su misión histórica como institución pública orientada al cultivo del pensamiento, la formación del juicio y la producción de saberes no subordinados a intereses particulares. La universidad, que durante siglos fue un espacio relativamente autónomo de creación y transmisión de conocimiento, se ha visto progresivamente integrada en una lógica de acumulación que convierte el saber en un recurso económico, en un activo estratégico, en una mercancía susceptible de ser medida, gestionada, protegida y explotada.
El capitalismo cognitivo no es una metáfora ni una exageración retórica. Designa una transformación real en las formas de extracción de valor y en la organización del trabajo. La plusvalía ya no se limita a la fábrica ni a la explotación de la fuerza física de trabajo; hoy la extracción se extiende a actividades inmateriales —conocimiento, afectos, redes, creatividad— que se producen en contextos donde la frontera entre trabajo y vida es difusa. En este marco, la universidad aparece como un reservorio estratégico de capacidades cognitivas y simbólicas que pueden ser convertidas en rentas. No es casual que, en paralelo a la expansión de las tecnologías de la información y la comunicación, hayamos asistido a una ofensiva por incorporar la educación superior a circuitos de mercado: la formación y la investigación se transforman en insumos para la competitividad, y la institución universitaria se reorienta hacia la lógica de la inversión y el retorno.
A caballo del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, el neoliberalismo, la doctrina subyacente en las políticas de los más poderosos, ha venido a legitimar nuevas formas de apropiación, con narrativas celebratorias de una supuesta “nueva sociedad” que, en realidad, es una nueva fase del capitalismo en que éste mantiene sus inequidades estructurales de siempre e incorpora las propias del trabajo inmaterial. Esta perspectiva permite comprender cómo la universidad, lejos de ser una institución improductiva, se convierte en un nicho de negocio: un espacio donde la producción de saberes, capacidades y competencias puede ser capturada, privatizada y rentabilizada. La enseñanza deja de concebirse como un bien público y pasa a ser tratada como un servicio; la investigación deja de ser una actividad orientada al conocimiento y se convierte en una fuente de productos, patentes y procedimientos apropiables. La universidad se acopla así a los mecanismos de dirección del sistema económico, transformando su funcionamiento tradicional y subordinando el trabajo académico a criterios de rentabilidad, eficiencia y retorno de la inversión.
Esta reorientación no se presenta como un proyecto político explícito, sino como una modernización inevitable. La retórica de la “sociedad del conocimiento” y de la “economía del talento” actúa como un marco legitimador que naturaliza la mercantilización del saber. Bajo esa narrativa, la calidad se mide por la capacidad de generar transferencia tecnológica, por la posición en rankings internacionales y por la empleabilidad inmediata de los egresados. Lo que no se mide —el tiempo de reflexión, la formación crítica, la investigación básica sin retorno inmediato— queda desvalorizado. La universidad se reconfigura en función de indicadores que facilitan la comparación y la competencia, y que orientan la conducta de académicos, gestores y estudiantes hacia la maximización de esos indicadores. La retórica de la excelencia, cuidadosamente despolitizada, funciona como una tecnología de poder que legitima desigualdades, concentra recursos y naturaliza jerarquías.
El capitalismo cognitivo no solo transforma la economía; transforma la cultura, la subjetividad y la política. La universidad, como institución productora de sentido, se convierte en un espacio donde se disputa la definición misma de lo que cuenta como conocimiento. La lógica del mercado penetra en la vida académica no solo a través de reformas institucionales, sino mediante la interiorización de valores como la eficiencia, la competitividad y la visibilidad. La captura del saber público no se produce únicamente mediante la privatización de resultados o la introducción de mecanismos de financiación competitiva; se produce cuando la comunidad académica internaliza la lógica de la rentabilidad y la convierte en criterio de valor. La captura es eficaz porque no se presenta como imposición, sino como modernización; porque no se impone desde fuera, sino que se interioriza; porque no se percibe como amenaza, sino como oportunidad.
La expansión del capitalismo cognitivo ha sido acompañada por una redefinición del papel del Estado. La educación superior, históricamente concebida como un bien público, ha sido progresivamente reinterpretada como un servicio que debe someterse a criterios de eficiencia y sostenibilidad. Las políticas públicas han promovido la introducción de mecanismos de mercado en la gobernanza universitaria: financiación condicionada, evaluación por métricas, apertura a la financiación privada y cambios estatutarios que incorporan actores externos en los órganos de gobierno. Esta transformación no es accidental: responde a una redefinición del papel del Estado en la economía global, donde la intervención pública se orienta a crear condiciones favorables para la competitividad y la innovación, más que a garantizar derechos sociales o bienes comunes.
La legitimación intelectual de esta transformación ha encontrado apoyo en la tradición liberal representada por pensadores como Friedrich A. Hayek. Su énfasis en el orden espontáneo y en el carácter disperso del conocimiento ofreció un argumento aparentemente sólido contra la planificación centralizada: si nadie posee toda la información necesaria, la competencia y la descentralización parecen formas más eficaces de coordinar recursos. No es sorprendente, por tanto, que esa intuición haya sido recuperada por quienes promovieron la apertura de la universidad a criterios de mercado y la profesionalización gerencial. Pero trasladar literalmente esa lógica al ámbito universitario resulta problemático: la educación y la investigación generan externalidades, bienes públicos y procesos de largo plazo que no se rigen adecuadamente por precios ni por indicadores inmediatos. La conversión de la universidad en un mercado competitivo ignora que la formación ciudadana, la investigación básica y la memoria colectiva requieren tiempos, espacios y criterios que la lógica hayekiana de mercado no contempla. En consecuencia, la legitimación teórica que ofreció la crítica a la planificación fue instrumentalizada para justificar reformas que, lejos de ampliar la libertad académica, han facilitado la captura del saber por intereses privados y la erosión de la función pública de la universidad.
La universidad gerencial es la traducción organizativa de estas transformaciones. La creación de estructuras directivas profesionalizadas, la contratación de gestores con perfiles empresariales y la incorporación de consultorías externas han alterado la toma de decisiones. La gestión por objetivos, la planificación estratégica y el marketing institucional se han convertido en prácticas habituales; la administración ya no es un servicio de apoyo, sino un actor central que define prioridades y reasigna recursos. Esta profesionalización no es neutra: introduce criterios de eficiencia y rentabilidad que colisionan con la lógica académica tradicional. La autoridad del profesorado y de los órganos colegiados se ve desplazada por equipos gerenciales que responden a lógicas de mercado y a la necesidad de mejorar indicadores. La consecuencia es una reconfiguración del poder dentro de la universidad, con efectos directos sobre la autonomía intelectual y la cultura institucional.
La transformación de la universidad no puede entenderse sin considerar la dimensión cultural de estos procesos. La lógica del capitalismo cognitivo no solo reorganiza estructuras; reorganiza imaginarios. La figura del académico se reconfigura: ya no es el intelectual que cultiva un saber profundo y se compromete con la formación de ciudadanos, sino el profesional que gestiona proyectos, produce indicadores y compite por visibilidad. La figura del estudiante se transforma: deja de ser un sujeto en formación para convertirse en cliente, usuario o consumidor de servicios educativos. La docencia se orienta hacia la satisfacción inmediata, medida mediante encuestas estandarizadas, y la investigación se orienta hacia la producción de resultados cuantificables. La universidad deja de ser un espacio de reflexión y se convierte en un entorno donde la lógica del rendimiento prima sobre la vida académica cotidiana.
La mercantilización del saber afecta también a la estructura temporal de la vida académica. La presión por publicar rápidamente, por responder a convocatorias, por cumplir plazos, por demostrar impacto en ciclos cortos, impone un ritmo incompatible con la reflexión profunda. La aceleración no es un efecto colateral: es un dispositivo que impide la elaboración de pensamiento crítico, que fragmenta la atención, que reduce la investigación a una sucesión de tareas urgentes. La captura se produce cuando la universidad adopta la velocidad como criterio de valor, cuando la lentitud —condición necesaria para la comprensión— se convierte en un lujo inaceptable.
La transformación de la universidad en un engranaje del capitalismo cognitivo tiene consecuencias profundas para la democracia. La reducción de las humanidades y de las ciencias sociales, la precarización del profesorado y la mercantilización del conocimiento debilitan la capacidad de la sociedad para formar ciudadanos críticos y sostener un debate público informado. Cuando la universidad se orienta a la producción de mano de obra especializada y la investigación se subordina a intereses comerciales, se empobrece la esfera pública: disminuye la capacidad de generar memoria colectiva, de cuestionar el statu quo y de imaginar alternativas. La privatización del conocimiento limita el acceso a herramientas necesarias para la participación informada y para la construcción de políticas públicas democráticas.
La captura del saber público no es un proceso homogéneo ni lineal. Adopta formas distintas según disciplinas, países e instituciones. Pero su lógica es común: transformar la universidad en un espacio donde el valor del conocimiento se mide por su utilidad económica, su visibilidad mediática o su capacidad de generar retornos. La captura no destruye la universidad: la reconfigura. No elimina la investigación: la orienta. No prohíbe la crítica: la margina. No impide la creatividad: la condiciona. La captura es eficaz porque opera en la textura misma de la actividad académica, en sus procedimientos, en sus incentivos, en sus formas de evaluación y en sus mecanismos de reconocimiento.
La universidad gerencial no es un accidente ni una desviación; es la forma institucional que adopta la universidad en el capitalismo cognitivo. Su lógica interna responde a la necesidad de gestionar el conocimiento como recurso económico, de maximizar la visibilidad institucional, de competir por financiación y prestigio, de demostrar impacto mediante indicadores. La universidad gerencial no es una institución pública que se adapta a nuevas exigencias; es una organización que internaliza la lógica del mercado y la convierte en criterio de decisión. La captura del saber público se produce cuando la universidad deja de concebirse como un bien común y se convierte en un actor que compite en mercados educativos, científicos y tecnológicos.
La transformación de la universidad no puede analizarse sin considerar la dimensión simbólica de estos procesos. La retórica de la excelencia, la innovación y la modernización funciona como un dispositivo que legitima la mercantilización del saber. La excelencia se presenta como un valor universal, pero en realidad es un concepto vacío que se llena con los criterios de quienes lo administran. La excelencia no describe: clasifica. No reconoce calidad: la produce mediante mecanismos de exclusión. La excelencia funciona como un dispositivo simbólico que legitima desigualdades, concentra recursos y naturaliza jerarquías. La captura se produce cuando la universidad internaliza la idea de que solo merece apoyo aquello que puede ser etiquetado como excelente según criterios externos.
La universidad gerencial no solo transforma la producción de conocimiento; transforma la relación entre universidad y sociedad. La educación superior deja de concebirse como un derecho y se convierte en una inversión; la investigación deja de concebirse como un bien público y se convierte en un activo; la docencia deja de concebirse como formación y se convierte en servicio. Esta transformación tiene consecuencias profundas para la igualdad, la cohesión social y la democracia. La universidad deja de ser un espacio de encuentro entre generaciones y se convierte en un mercado donde la calidad y el acceso dependen de la capacidad de pago y de la posición en rankings.
La captura del saber público no es inevitable. Existen resistencias, prácticas alternativas, espacios de autonomía, tradiciones críticas que persisten. Pero estas resistencias son frágiles si no se articulan con una comprensión profunda de los mecanismos que operan sobre la universidad. Este capítulo ha intentado ofrecer un marco teórico y político para comprender la transformación de la universidad en el capitalismo cognitivo. Los capítulos siguientes analizarán, con mayor detalle, la genealogía institucional de estas transformaciones y los dispositivos concretos que operan sobre la producción y circulación del conocimiento. Solo a partir de este diagnóstico será posible imaginar alternativas que restituyan a la universidad su condición de bien común y su función pública en la vida democrática.

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