
Por Fernando Quirós
La Otra Arquitectura: los medios que escapan de la maquinaria de la derecha militante
El ecosistema mediático que no pertenece a la derecha militante no es un bloque, ni un frente, ni una estrategia. No tiene una sala de máquinas, ni un mando central, ni un relato unificado que se repita desde el subsuelo hasta la cúpula. Lo que tiene es otra cosa: una arquitectura dispersa, plural, contradictoria, pero viva, formada por medios que, por ética, por precariedad, por historia o por convicción, no pueden ser absorbidos por la maquinaria disciplinada del conservadurismo. Son medios que no responden a un proyecto unificado, sino a una necesidad: la de existir fuera del perímetro ideológico que la derecha ha intentado convertir en paisaje. Son medios que nacen de la exclusión, de la resistencia, de la sospecha, de la memoria, de la urgencia. Son medios que no buscan dominar el sentido común, sino impedir que un solo sentido común lo domine todo. No son un ejército: son un archipiélago. No son un relato: son una fuga. Y sin embargo, cuando se observa su geología, aparece una estructura inesperada: un subsuelo que arde, una piedra que discute, una cúpula que duda, una voz que acompaña y una pantalla que interroga. Una arquitectura alternativa que no pretende ocupar el país, sino evitar que un solo relato lo ocupe por completo.
ESTRATO 1 — La Prensa Progresista: el subsuelo que arde, la izquierda que no pide permiso. En el nivel más bajo —el más frágil, el más combativo, el más expuesto— operan Público, eldiario.es, La Marea, El Salto y El Plural. Son medios que no solo escapan de la maquinaria de la derecha militante: nacieron precisamente porque esa maquinaria existía. Público vive en el sobresalto ético: no informa para templar, sino para denunciar. eldiario.es convierte la transparencia en método y la comunidad en músculo: no busca fidelidad emocional, sino corresponsabilidad democrática. La Marea y El Salto operan desde los márgenes como resistencia cultural: no normalizan, desnormalizan; no acompañan el sentido común, lo desmontan. El Plural actúa como radar político permanente: no incendia, pero insiste; no dramatiza, pero señala. Este estrato no fabrica identidad desde el odio, sino desde la justicia; no construye enemigos, sino responsabilidades; no vende certezas, sino urgencias. Es el subsuelo donde la izquierda mediática no pide permiso para existir: existe porque es necesaria.
ESTRATO 2 — La Solvencia Crítica: la piedra que discute, el rigor que no se alquila. Un nivel más arriba, donde la indignación se enfría y se convierte en análisis, operan Infolibre y CTXT. Son medios incompatibles con cualquier maquinaria disciplinada: su modelo económico, su ética profesional y su estilo intelectual no caben en un ecosistema de obediencia. Infolibre convierte el dato en exigencia democrática: ilumina para responsabilizar, no para inclinar. Su solvencia no es una coartada, sino un arma cívica. CTXT vive en la conversación infinita: no clausura debates, los expande; no simplifica, complejiza. Su estilo ensayístico convierte cada tema en un campo de batalla interpretativo. Este estrato no fabrica clima, sino fricción; no administra certezas, sino preguntas; no produce obediencia, sino pensamiento. Es la piedra que la derecha no puede pulir porque no puede absorberla.
ESTRATO 3 — La Cúpula en Disputa: la autoridad que no se domestica. En la prensa en papel, donde la derecha tiene catedrales, la otra arquitectura tiene templos en reforma permanente: El País, El Periódico y La Vanguardia. No son medios militantes, pero tampoco son piezas de la maquinaria conservadora. Su relación con el poder no es de obediencia, sino de negociación constante. El País intenta ser brújula sin transformarse en púlpito: no consagra, matiza; no bendice, discute. El Periódico aspira a ser el diario de una ciudadanía crítica sin caer en la espectacularización: no polariza, ordena; no dramatiza, explica. La Vanguardia, con su doble alma —tradición catalana y vocación de centralidad— escapa de la maquinaria conservadora por incompatibilidad estructural: su pluralidad interna y su lectorado impiden que se convierta en un engranaje disciplinado. Tres periódicos que no imponen el perímetro de lo decible, pero lo ensanchan; tres instituciones que no consagran un relato, pero impiden que uno solo se imponga; tres cúpulas que no se dejan convertir en altar.
ESTRATO 4 — La Voz que Acompaña: la intimidad que no disciplina. En la radio progresista operan Cadena SER y Radio Nacional. No son trincheras, pero tampoco son correas de transmisión de la derecha militante. Su influencia no es doctrinal, sino pedagógica. Cadena SER administra la razonabilidad como un bien público: no impone, explica; no empuja, acompaña. RNE intenta ser servicio público en un país donde el servicio público siempre está en disputa: no milita, contextualiza; no dramatiza, equilibra. Este estrato no fabrica hábitos de obediencia, sino hábitos de conversación: un espacio donde la ciudadanía se reconoce sin sentirse dirigida.
ESTRATO 5 — La Pantalla que Interroga: la imagen que no se arrodilla. En la televisión progresista operan TVE y eldiario.es TV. No son templos ideológicos, pero tampoco son piezas del engranaje conservador. Su función no es consagrar un marco, sino abrirlo. TVE, cuando logra escapar de las presiones, intenta ser el espejo de un país plural: no milita, equilibra; no dramatiza, expone. eldiario.es TV mezcla análisis, pedagogía y activismo: no muestra, interpela; no coreografía, cuestiona. Este estrato no naturaliza un relato: lo discute en directo; no convierte la imagen en evidencia, sino en pregunta.
El país narrado desde fuera del aparato.
Así se levanta la otra arquitectura: abajo la prensa progresista que denuncia, luego la solvencia crítica que discute, después la cúpula que duda, más arriba la voz que acompaña y, en la cima, la pantalla que interroga. Un ecosistema que no coordina, no disciplina, no respira al unísono. Un archipiélago que escapa —por ética, por precariedad o por convicción— de la maquinaria de la derecha militante. Su fuerza está en la pluralidad; su debilidad, en la falta de aparato; su valor, en recordar que puede existir otra conversación. Y mientras esta geología siga viva —el subsuelo que arde, la piedra que discute, la cúpula que duda, la voz que acompaña y la pantalla que interroga— habrá un país que no se deja narrar desde un solo centro de gravedad. Porque el verdadero desafío de esta arquitectura no es dominar la conversación, sino impedir que una sola conversación domine al país. Porque la libertad no se garantiza con un relato fuerte, sino con muchos relatos capaces de sobrevivir fuera de la maquinaria que pretende convertir su ideología en paisaje.

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