
Por Fernando Quirós
Hay espectáculos televisivos que rozan lo sobrenatural, pero pocos tan fascinantes —y tan desconcertantes— como el de TRECE, el canal propiedad de la Conferencia Episcopal Española, que consigue el prodigio de predicar humildad, mansedumbre y amor al prójimo mientras ofrece —según numerosos analistas— un informativo que parece diseñado no para iluminar conciencias sino para encender hogueras culturales. Es un espacio donde la actualidad se sirve en forma de alarma moral, conflicto identitario y una indignación tan meticulosamente administrada que casi podría confundirse con un sacramento. Uno enciende la pantalla esperando un susurro pastoral, una palabra templada, un gesto de serenidad, y se encuentra con un editorial de combate cultural disfrazado de sobriedad ascética, una voz grave que pretende neutralidad mientras despliega un relato ideológico de extrema dureza, un telediario que avanza con la solemnidad de una procesión pero con la agresividad de una tertulia de madrugada, como si la liturgia hubiera sido sustituida por un manual de agitación.
La ironía es tan grande que roza lo teológico: la institución que exige responsabilidad moral en el espacio público sostiene un medio percibido como un actor polarizador; la que predica la caridad financia la estridencia; la que pide concordia mantiene un altavoz que prospera en la división; la que habla de amor al prójimo ampara un tono que parece más interesado en identificar adversarios que en comprenderlos; la que reclama humildad respalda un discurso que se presenta como custodio exclusivo de la verdad. Y esa contradicción no es un accidente retórico: es una grieta estructural que se ensancha cada día, un cortocircuito entre doctrina y práctica que convierte cada emisión en un recordatorio incómodo de la distancia entre el mensaje evangélico y su traducción mediática.
Según diversos observadores, la militancia política de TRECE no es un desliz ni un exceso puntual, sino un rasgo constitutivo: su selección de temas, su jerarquía informativa y su marco interpretativo coinciden con los discursos de la extrema derecha cultural, hasta el punto de que muchos críticos describen el canal como un “brazo mediático” de ese espacio ideológico. Un lugar donde la actualidad se filtra para reforzar un relato de amenaza permanente, decadencia moral y confrontación identitaria; donde la sospecha es el punto de partida, el miedo la atmósfera y la indignación el combustible. Para estos analistas, TRECE no solo informa: milita. Milita en un proyecto político que se presenta como defensa de la tradición, pero que opera como un dispositivo de agitación cultural, un espacio donde la frontera entre información y activismo se difumina hasta desaparecer, donde cada noticia se convierte en munición y cada discrepancia en un enemigo a señalar, donde la realidad se organiza como un campo de batalla permanente.
La estética del informativo —esa escenografía austera, esa iluminación penitencial, esa voz que parece salida de un manual de homilías— funciona como una coartada perfecta: si suena solemne, debe ser neutral; si parece sobrio, debe ser veraz; si se pronuncia con gravedad, debe estar libre de sesgo. Pero bajo esa capa de incienso audiovisual late, según los observadores, un relato que convierte cada noticia en un síntoma de decadencia, cada debate en una batalla cultural, cada discrepancia en una amenaza. La puesta en escena no es un simple envoltorio: es un dispositivo de legitimación, un modo de blindar el discurso bajo la apariencia de autoridad moral, como si la gravedad del tono pudiera sustituir a la honestidad del análisis.
La grieta, sin embargo, no es técnica ni estética: es moral. ¿Cómo sostener autoridad ética cuando la práctica mediática desmiente el ideario cristiano que se proclama, cómo pedir templanza mientras se alimenta un discurso que vive de la confrontación, cómo defender la verdad cuando el propio canal es señalado por su sesgo extremo, cómo reclamar responsabilidad en el espacio público mientras se financia un medio que —según la crítica— parece disfrutar más del conflicto que de la concordia? La contradicción es tan profunda que ya no puede maquillarse con solemnidad ni con retórica pastoral: se ha convertido en un problema de coherencia, de credibilidad, de identidad.
TRECE no es solo un canal: es un espejo incómodo. Un espejo que devuelve a la Iglesia una imagen que no encaja con su narrativa oficial, la de una institución que predica una cosa y proyecta otra, que habla de amor al prójimo mientras su informativo parece más interesado en señalarlo, que reclama diálogo mientras su parrilla se alimenta de trincheras, que invoca la verdad mientras su discurso se percibe como militante. Es un espejo que no deforma: revela. Y lo que revela es una tensión interna que ya no puede ocultarse bajo el manto de la tradición ni bajo la autoridad de la sotana.
Y esa paradoja, cada día más visible, no necesita explicación ni exégesis: solo necesita que alguien tenga el valor de mirarla de frente y reconocer que, en algún punto del camino, la caridad cristiana decidió tomarse un descanso justo cuando más falta hacía. Que la mansedumbre se volvió un gesto decorativo, que la humildad se convirtió en un eslogan vacío y que el amor al prójimo quedó relegado a un pie de página mientras la indignación ocupaba el titular. Porque, al final, el verdadero escándalo no es lo que TRECE emite, sino lo que revela: la distancia entre el mensaje que se predica y el mundo que se construye cuando la fe se convierte en un instrumento de combate cultural.

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