Telemadrid: el parte meteorológico del poder

Por Fernando Quirós

Hay televisiones públicas que informan y televisiones públicas que administran el aire. Telemadrid pertenece a esta segunda categoría: no es un medio, es un sistema de ventilación ideológica del Gobierno de la Comunidad de Madrid. Su función no es contar lo que pasa, sino regular la atmósfera en la que lo que pasa debe ser interpretado. No produce noticias: produce condiciones de posibilidad para que un determinado proyecto político se sienta natural, inevitable, casi biológico.

La captura no fue un asalto, sino una sedimentación. Reformas legales que estrechan la autonomía, nombramientos que alinean la cadena con la sensibilidad gubernamental, reestructuraciones que desplazan a quienes no encajan en la melodía dominante. No hace falta censura cuando el ecosistema ya está calibrado para que la línea editorial fluya sola. El poder contemporáneo no impone: preconfigura. Y cuando todo está preconfigurado, la propaganda deja de parecer propaganda y se convierte en sentido común.

El relato que Telemadrid despliega es simple, eficaz y omnipresente: Madrid como excepción, Madrid como resistencia, Madrid como territorio de libertad frente a un Estado que aparece siempre como freno, lastre o amenaza. Una épica cotidiana que convierte cada inauguración en acontecimiento, cada anuncio en gesto histórico, cada crítica en ruido. La oposición no es alternativa: es interferencia. La discrepancia no es legítima: es disonancia. La pluralidad no es un valor: es un inconveniente.

Este relato no se presenta como ideología, sino como identidad. Madrid no es solo una comunidad autónoma: es un personaje. Un personaje que trabaja mientras otros descansan, que avanza mientras otros discuten, que se defiende mientras otros se pliegan. Telemadrid no narra la actualidad: la dramatiza. Y en esa dramatización, el Gobierno regional aparece como protagonista natural, como héroe cotidiano, como gestor épico de lo que otros apenas administran.

La ideología no entra por los editoriales, sino por la coreografía diaria. Informativos que abren por donde conviene y cierran por donde tranquiliza. Magazines que mezclan entretenimiento con política para que la política entre sin avisar, sin resistencia, sin contexto. Debates donde la pluralidad es formal pero no estructural, donde la mesa está equilibrada en número pero desequilibrada en marco. Coberturas territoriales que convierten la gestión ordinaria en epopeya y la crítica en extravagancia.

No es manipulación burda: es arquitectura narrativa. No es mentira: es selección sistemática. No es propaganda explícita: es ecosistema simbólico. La eficacia del aparato ideológico reside precisamente en su invisibilidad: no se nota porque ya lo respiras. Telemadrid no te convence: te ambientaliza.

Incluso los silencios son funcionales. Lo que no se cubre, lo que no se menciona, lo que no se debate, también forma parte del dispositivo. La ausencia de ciertos temas —desigualdad, precariedad, privatización, conflicto social— no es casual: es estructural. La televisión pública no solo dice: omite. Y en esa omisión, también se construye hegemonía.

Telemadrid nació como televisión pública autonómica, con vocación de servicio, pluralidad y proximidad. Pero esa vocación fue erosionada por una secuencia de intervenciones políticas que la convirtieron en instrumento de legitimación. La historia de la cadena es también la historia de su captura: de la autonomía a la subordinación, del pluralismo a la alineación, de la información al relato.

Cada reforma legal, cada nombramiento estratégico, cada reestructuración presupuestaria ha contribuido a consolidar un modelo de televisión que no sirve a la ciudadanía, sino al poder. Un modelo que no informa, sino que acompaña. Que no fiscaliza, sino que celebra. Que no representa, sino que proyecta.

Cuando una televisión pública se convierte en aparato ideológico, el daño es profundo: no se nota en un día, pero se acumula en años. La ciudadanía deja de recibir información y empieza a recibir temperatura, humedad, sensación térmica. Se despolitizan los problemas estructurales, se hiperpolitizan las anécdotas, se normaliza la desigualdad informativa. El pluralismo se convierte en decorado, la crítica en ruido, la discrepancia en molestia.

La televisión pública deja de ser un derecho y se convierte en un instrumento de hegemonía. Y en ese proceso, la democracia se debilita: no porque falten votos, sino porque falta aire. Porque el espacio público se llena de atmósfera diseñada, de relato empaquetado, de identidad prefabricada.

La pregunta no es si Telemadrid miente o dice la verdad. La pregunta es quién controla el aire que respiramos cuando encendemos la televisión pública. Y si ese aire está diseñado para que un proyecto político parezca el único horizonte imaginable, entonces no estamos ante un medio público, sino ante un aparato ideológico de proximidad, un dispositivo que opera en la vida cotidiana con la suavidad de lo obvio y la contundencia de lo inevitable.

Recuperar una televisión pública verdaderamente pública no es un gesto técnico ni un debate corporativo: es una cuestión democrática. Es abrir ventanas en una casa donde el aire lleva demasiado tiempo circulando en círculo. Es recordar que la información no es un clima, sino un derecho. Y que cuando el clima lo decide el poder, la ciudadanía deja de ser ciudadanía y se convierte en audiencia cautiva.