
Por Fernando Quirós
Hay una hora en España en la que el periodismo se pone a prueba con una crudeza que no admite disimulos. No es el prime time, donde todo está guionizado, ni la noche, donde la opinión se disfraza de análisis. Es la mañana. Esa franja aparentemente inocente donde se decide qué importa, qué se exagera, qué se oculta y qué se convierte en ruido. La mañana es el laboratorio donde se fabrica la temperatura emocional del país. Y es precisamente ahí, en ese territorio colonizado por la prisa, la superficialidad y la crispación, donde Silvia Intxaurrondo se ha convertido en una figura imprescindible, no por su presencia mediática, sino por su resistencia ética, por su negativa a rendirse ante la degradación del oficio.
Porque lo que hace Intxaurrondo en La Hora de La 1 no es simplemente presentar un programa: es sostener una forma de entender el periodismo que muchos han abandonado sin siquiera darse cuenta. En un ecosistema donde la espectacularización se ha convertido en norma, donde la tertulia se ha transformado en un ring y donde la política se dramatiza como si fuera un reality, ella insiste en algo que hoy parece casi subversivo: informar con rigor, preguntar con precisión, escuchar con atención y no convertir la actualidad en un espectáculo de gladiadores. Y esa insistencia, en un país saturado de ruido, es casi un acto de resistencia civil.
La firmeza que no necesita gritar, la autoridad que no necesita humillar
Hay presentadores que confunden la autoridad con el volumen, la firmeza con la agresividad, la entrevista con la performance. Intxaurrondo no. Su estilo es una lección de contención: pregunta con claridad, repregunta cuando es necesario y no se deja arrastrar por la teatralidad que domina otros platós. No necesita elevar la voz para poner contra las cuerdas a un entrevistado. No necesita humillar para demostrar fuerza. Su poder nace de otro lugar: del rigor, de la preparación, de la convicción de que la entrevista es un espacio de responsabilidad democrática, no un escenario para el lucimiento personal.
Y esa firmeza serena incomoda. Incomoda a quienes están acostumbrados a platós dóciles. Incomoda a quienes creen que la televisión pública debe ser un espacio de cortesía institucional. Incomoda a quienes preferirían que las preguntas fueran un trámite y no un ejercicio de control democrático. Pero el periodismo que no incomoda al poder no es periodismo: es decoración.
Pluralidad sin artificio, discrepancia sin espectáculo
La pluralidad es una palabra gastada. Las privadas la exhiben como un trofeo: dos voces enfrentadas, un choque teatral, una polémica prefabricada. Eso no es pluralidad: es ruido. La pluralidad real —la que Intxaurrondo practica— es otra cosa: abrir espacio a sensibilidades distintas sin convertirlas en gladiadores, permitir que la discrepancia ilumine en lugar de incendiar, dar voz a expertos que explican en lugar de opinadores que improvisan.
En La Hora de La 1, la pluralidad no es un decorado: es una estructura. No se busca el choque, sino el contraste. No se busca la polémica, sino la explicación. No se busca el ruido, sino la comprensión. Y esa diferencia, en un país saturado de tertulias inflamadas, es casi revolucionaria.
La televisión pública como contrapeso democrático en un ecosistema que se desliza hacia el espectáculo
La televisión privada tiene un objetivo: audiencia. La televisión pública tiene una obligación: servicio.
Esa diferencia se nota en cada minuto de La Hora de La 1. Mientras las privadas fragmentan la mañana en bloques diseñados para retener al espectador a base de sobresaltos, el programa de Intxaurrondo apuesta por entrevistas largas, análisis contextualizado, expertos en lugar de opinadores todoterreno, datos en lugar de impresiones, información en lugar de espectáculo.
No es que no pueda hacer ruido: es que se niega a hacerlo. Y esa negativa es, en sí misma, una declaración de principios. Una defensa del espacio público frente a la lógica del mercado. Una reivindicación de que la ciudadanía merece algo más que entretenimiento disfrazado de actualidad.
La incomodidad como mérito, no como defecto
Que Intxaurrondo incomode a ciertos sectores no es un problema: es la prueba de que hace su trabajo. En un país donde demasiados programas matinales han renunciado a la profundidad para abrazar la espectacularización, ella insiste en que la ciudadanía merece algo mejor que ruido. Esa insistencia la convierte en una figura incómoda para quienes han normalizado la superficialidad como modelo de negocio.
Y es precisamente esa incomodidad la que revela su importancia. Porque en un ecosistema mediático donde la crítica se confunde con ataque y la exigencia con hostilidad, Intxaurrondo demuestra que se puede ser firme sin ser agresiva, exigente sin ser altisonante, rigurosa sin ser solemne.
Una periodista que sostiene una línea que otros abandonaron sin mirar atrás
Silvia Intxaurrondo no es solo una presentadora eficaz. Es una periodista que ha decidido no ceder un milímetro al deterioro del oficio. En un ecosistema mediático donde la mañana se ha convertido en un campo de batalla emocional, ella defiende la idea —hoy casi subversiva— de que el periodismo debe servir a la ciudadanía, no a la audiencia.
Su presencia importa porque recuerda que la televisión pública puede competir sin renunciar a la calidad. Su estilo incomoda porque demuestra que la autoridad no necesita gritar. Su trabajo destaca porque se niega a convertir la actualidad en un espectáculo. Y su figura es necesaria porque, en tiempos de ruido, Silvia Intxaurrondo es una de las pocas voces que todavía recuerdan que informar es un acto de responsabilidad, no de espectáculo.
En un país donde la mañana televisiva se ha convertido en un laboratorio de crispación, ella sostiene la dignidad del oficio con una mezcla de rigor, serenidad y valentía que hoy vale más que nunca. Y quizá por eso, precisamente por eso, su trabajo no solo merece reconocimiento: merece ser defendido.

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