
Por Fernando Quirós
Espejo Público pertenece a la categoría de los programas que vigilan. No acompaña al espectador: lo mantiene en guardia. No explica el país: lo monitoriza. Cada mañana, el programa de Susanna Griso actúa como un radar emocional que rastrea cualquier vibración de inquietud para convertirla en atmósfera. No es un magazine ni un informativo: es un centro de control que administra la sensación de que España es un país siempre a punto de tensarse, siempre en un umbral que nunca se cruza pero tampoco se abandona. Su función no es iluminar, sino mantener encendida una luz de emergencia que nunca termina de apagarse.
La erosión empieza en su lógica de fragmentación. Espejo Público no mezcla: divide. Un suceso menor, un conflicto vecinal, una polémica política, un problema de consumo, una conexión desde una calle cualquiera. Cada pieza es un punto rojo en un mapa de tensiones dispersas. Ninguna es decisiva, pero todas juntas producen un clima de inquietud difusa. El programa no necesita elevar el tono: le basta con impedir que algo se cierre. La mañana se convierte así en un territorio donde todo permanece abierto, insinuado, pendiente, como si el país fuese un organismo lleno de microfisuras que requieren vigilancia constante. La fragmentación no es un defecto: es el método. La dispersión no es un accidente: es la atmósfera que se busca producir.
La tertulia, lejos de ser un espacio de análisis, funciona como un panel de calibración emocional. Las voces no debaten: modulan. No argumentan: ajustan. La discrepancia se administra como un recurso de equilibrio, no de choque. La política se convierte en un termómetro, no en un conflicto. El resultado es un clima de tensión sostenida que nunca estalla, pero tampoco desaparece; una atmósfera donde la inquietud se mantiene en niveles funcionales, como una calefacción emocional que nunca se apaga. La tertulia no interpreta la realidad: la estabiliza en un nivel de inquietud constante, suficiente para mantener al espectador en alerta, insuficiente para generar comprensión.
El suceso es su combustible principal. No se explota: se prolonga. Cada caso se estira en actualizaciones, hipótesis, testimonios y conexiones que no buscan esclarecer nada, sino mantener la sensación de que algo sigue abierto, latente, inquietante. La política, por su parte, no se analiza: se trata como un indicador de riesgo. No importa su contenido, sino su capacidad para generar incertidumbre. El programa no necesita construir un relato: le basta con sostener un clima. La actualidad se convierte en un flujo continuo de señales débiles que, sumadas, producen la impresión de un país siempre al borde de algo que nunca termina de ocurrir.
Y aquí conviene mirar la estructura. Espejo Público no es un artefacto aislado ni una simple elección de parrilla: es una pieza cuidadosamente situada en la estrategia matinal de Atresmedia, un grupo profundamente vinculado al Grupo Planeta. Y Planeta, a su vez, ha construido históricamente un modelo editorial alineado con sensibilidades conservadoras y con una concepción del espacio público donde la política se gestiona como conflicto administrado y la actualidad como un recurso emocional que debe mantenerse en circulación constante. No se trata de conspiraciones ni de intenciones ocultas: es una lógica corporativa que opera a plena luz. Un conglomerado que necesita producir cada mañana un clima emocional reconocible, un marco donde la inquietud es rentable, donde la estabilidad del statu quo se presenta como necesidad y donde la selección de temas, tonos y enfoques refuerza una lectura del país que favorece posiciones conservadoras sin necesidad de explicitarlas.
En ese ecosistema, Espejo Público encaja con precisión quirúrgica. Administra la tensión sin desbordarla, mantiene la inquietud sin convertirla en alarma, reproduce un clima emocional que favorece interpretaciones conservadoras del país y lo hace con una estética de moderación que legitima su posición. El programa no contradice esa lógica: la ejecuta, la estabiliza y la normaliza cada mañana. Su eficacia reside precisamente en su apariencia de neutralidad, en su tono contenido, en su estética de sobriedad vigilante. La inquietud se presenta como sentido común; la fragmentación, como pluralidad; la tensión, como normalidad.
La estética del programa es la del alerta elegante: rótulos que no gritan, pero parpadean; conexiones que no alarman, pero inquietan; historias que no estallan, pero se mantienen abiertas. La erosión aquí es atmosférica: convierte la mañana en un espacio donde siempre parece haber algo sin resolver, donde la actualidad se transforma en un eco constante que desgasta la capacidad de distinguir entre lo relevante y lo accesorio. La repetición no busca intensidad, sino sedimentación. El país no piensa: sospecha. Y esa sospecha, administrada con suavidad, es el verdadero producto que el programa pone en circulación.
Porque esta erosión no es un fenómeno aislado. Forma parte de la misma genealogía que sostiene a El programa de Ana Rosa y a Al rojo vivo: tres ritmos distintos, una misma lógica. Griso administra la inquietud, Quintana explota la mezcla emocional y Ferreras acelera la combustión. Tres máquinas, un mismo fango. Tres estilos, una misma erosión del espacio público. Tres formas de producir un clima donde la política se vive como amenaza, la actualidad como sobresalto y el país como un territorio emocionalmente inestable que necesita vigilancia permanente.

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