
Por Fernando Quirós
El programa de Ana Rosa no pertenece a ninguna de las categorías al uso de programas de televisión . No aspira a informar ni a entretener. Lo suyo es otra cosa: una maquinaria matinal de trituración, un dispositivo que toma la realidad en bruto —viva, compleja, contradictoria— y la somete a un proceso industrial de mezcla, dramatización, simplificación y saturación hasta convertirla en un producto final que no ilumina, no orienta, no explica: solo agota. La mañana televisiva, en este formato, no es un espacio de despertar cívico, sino un territorio de colonización emocional, un paisaje donde la información entra como materia prima y sale como residuo.
La devastación empieza en la mezcla. El programa de Ana Rosa no jerarquiza: mezcla. Y en esa mezcla está su poder y su daño. Un crimen, una polémica política, un testimonio sentimental, un reportaje de consumo, una conexión en directo, una tertulia inflamable: todo se vierte en el mismo recipiente, todo se cocina a la misma temperatura, todo se sirve con el mismo tono. La mezcla no es un accidente: es la estrategia. La confusión no es un error: es la herramienta. La mañana se convierte en un caldo espeso donde la actualidad se disuelve, donde lo urgente y lo irrelevante se confunden, donde la emoción sustituye al criterio.
El programa no informa: procesa. No explica: exhibe. No orienta: satura. La devastación no está en lo que se dice, sino en cómo se dice. En la velocidad. En la repetición. En la dramatización. En la incapacidad deliberada de permitir que algo repose, que algo se entienda, que algo se piense. La mañana se convierte en un flujo viscoso donde cada estímulo empuja al siguiente, donde la actualidad no se comprende, sino que se consume como si fuera un snack emocional.
La tertulia es el corazón de esta maquinaria. No es un espacio de análisis, sino un motor de fricción. Las voces no están ahí para aportar claridad, sino para mantener el ruido. La discrepancia no se construye: se provoca. La opinión no se argumenta: se lanza. La política no se explica: se agita. La tertulia funciona como un ventilador industrial que dispersa la realidad en partículas finas, imposibles de recomponer. Lo que queda no es comprensión, sino fatiga. Una fatiga que se confunde con información, una saturación que se confunde con actualidad.
El suceso es la columna vertebral emocional del formato. No se trata de informar, sino de ordeñar la tragedia. Cada caso se convierte en una novela por entregas, cada víctima en un personaje, cada giro en un cliffhanger. La televisión no acompaña: parasita. No contextualiza: exagera. No respeta: exhibe. El suceso se convierte en un combustible emocional que mantiene la maquinaria en marcha. Y cuando ese combustible se agota, se busca otro. Y otro. Y otro. La devastación aquí es doble: erosiona la comprensión y banaliza el dolor.
La política, en este ecosistema, no es un asunto público: es un decorado narrativo. Un decorado que se mueve, que se ilumina, que se dramatiza según las necesidades del ritmo televisivo. La política se convierte en un género más, indistinguible del suceso, del corazón, del consumo. No se analiza: se exhibe. No se contextualiza: se simplifica. No se explica: se convierte en ruido. La devastación aquí es profunda: convierte la vida pública en un espectáculo emocional sin consecuencias, sin memoria, sin responsabilidad.
Pero la devastación matinal no puede entenderse sin su capa empresarial‑ideológica, la que rara vez se menciona pero sostiene toda la arquitectura del formato. El programa de Ana Rosa no opera en el vacío: es una pieza central dentro de la maquinaria de Mediaset, un conglomerado que ha convertido la mañana en un territorio estratégico para moldear sensibilidades, fijar marcos y estabilizar un ecosistema ideológico donde la política se gestiona como conflicto y la actualidad como mercancía emocional. No se trata de una conspiración, sino de una lógica estructural: un grupo mediático que ha construido su identidad sobre la mezcla de espectáculo, suceso y opinión, y que ha encontrado en este programa su laboratorio perfecto. La aceleración, la dramatización, la centralidad del suceso y la simplificación política no son decisiones aisladas: son engranajes de una cultura empresarial que privilegia la continuidad del ruido, la fidelización emocional y la reproducción de un marco conservador donde la tensión es rentable y la complejidad, un estorbo. El programa no contradice esa lógica: la encarna, la vehicula y la normaliza cada mañana.
La mañana televisiva, en este formato, no despierta: adormece. No orienta: desorienta. No acompaña: coloniza. El espectador no recibe información: recibe estímulos. No recibe contexto: recibe fricción. No recibe claridad: recibe saturación. La devastación es estructural: convierte la ciudadanía en audiencia, la política en relato, la actualidad en un flujo continuo donde nada permanece, nada se asienta, nada se comprende.
La estética del programa es la estética de la urgencia impostada. Rótulos que laten, alarmas que se encadenan, conexiones que se multiplican. La urgencia no es un recurso: es un estado permanente. Y cuando la urgencia es permanente, deja de informar: desorienta. La devastación aquí es atmosférica: convierte la mañana en un espacio donde siempre parece estar pasando algo, aunque no esté pasando nada.
La repetición es otro de sus mecanismos devastadores. Los temas se estiran hasta agotarlos, no para profundizar, sino para exprimir su capacidad de retención. La actualidad se convierte en un bucle donde las mismas frases, las mismas imágenes y las mismas opiniones se reciclan hasta perder sentido. La devastación aquí es cognitiva: erosiona la capacidad de distinguir entre lo importante y lo accesorio, entre lo real y lo dramatizado.
El programa no busca la verdad: busca la sensación de actualidad. No busca el rigor: busca la continuidad del flujo. No busca la comprensión: busca la permanencia del espectador. La devastación es silenciosa, pero constante: convierte la mañana en un espacio donde la ciudadanía no se forma, sino que se desgasta.
El programa de Ana Rosa no es un magazine. No es un informativo. No es un espacio de entretenimiento. Es una máquina de desgaste, un dispositivo que convierte la actualidad en un residuo emocional, la política en un decorado y la mañana en un territorio donde la información se diluye en un océano de estímulos diseñados para impedir que el espectador piense, compare, cuestione.
La devastación no está en un gesto, ni en un bloque, ni en una sección. Está en la estructura misma del formato. En su mezcla. En su saturación. En su dramatización. En su capacidad para convertir la realidad en un flujo continuo donde nada permanece, nada se asienta, nada se comprende.
La devastación es sistémica. Y la mañana televisiva española lleva años viviendo dentro de ella.
Pero la devastación matinal no es un fenómeno aislado: forma parte de la misma genealogía que ha convertido la televisión española en un ecosistema de combustión permanente. El programa de Ana Rosa y Al rojo vivo no son formatos opuestos, sino dos expresiones complementarias de una misma mutación mediológica: la conversión de la actualidad en un flujo emocional, de la política en un espectáculo y del periodismo en un dispositivo de fricción continua. La mañana y el mediodía, Mediaset y Atresmedia, la tertulia matinal y la alarma permanente: todos operan dentro del mismo régimen de intensificación, del mismo modelo empresarial que privilegia el ruido sobre la claridad, la tensión sobre la comprensión, la saturación sobre el análisis. Si Al rojo vivo encarna la genealogía del fango en su versión acelerada, El programa de Ana Rosa la encarna en su versión matinal: más viscosa, más mezclada, más difusa, pero igual de devastadora. Ambos programas no compiten: coexisten, se retroalimentan, se legitiman mutuamente y consolidan un ecosistema donde la ciudadanía recibe más estímulos que información, más fricción que contexto, más espectáculo que realidad. La devastación es compartida. La genealogía, común. El fango, estructural.

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