
Fernando Quirós. Catedrático de Periodismo
Colegas, amigas, amigos, asistentes a este Congreso:
Gracias por estar aquí. Es un honor compartir este momento con ustedes.
Tras escuchar las intervenciones de quienes me han precedido —tan generosas como cálidas—, me viene a la mente una frase de Unamuno, que me permito parafrasear con una sonrisa: “Gracias por estos elogios que, tanto me merezco.” Con esta ironía lúcida que tanto lo caracterizaba, doy inicio a mis palabras, agradeciendo sinceramente el afecto que aquí se respira.
Quiero expresar mi agradecimiento a quienes han hecho posible este encuentro. Gracias a Salvador Molina y a la Asociación de Profesionales de la Comunicación, así como a Lorenzo Amor y a la Asociación de Trabajadores Autónomos, por incluir esta presentación en el programa de este Congreso, que ya celebra su décimo tercera edición. Es un privilegio formar parte de un espacio que promueve el encuentro, la reflexión y el compromiso con la palabra, la ética y el oficio. En tiempos vertiginosos, estos momentos nos permiten detenernos y pensar juntos qué significa hoy ser periodistas y docentes.
Mi gratitud también para Juan Pablo Mateos y David Capdevilla, cuya generosidad intelectual y mirada crítica fueron esenciales para dar forma final a este libro.
Y gracias, de corazón, a mis compañeras y compañeros del Departamento de Periodismo y Nuevos Medios, que tuve el honor de dirigir en sus primeros cuatro años. En especial, a Joaquín Sotelo, que me ayudo a ponerlo en pie y a quien me sucedió en ese cargo: Roberto Gamonal, colega leal y amigo entrañable, cuya presencia firme y humana fue un sostén indispensable en los momentos más difíciles.
[Y ahora sí, permítanme entrar en el corazón de este acto]
Voltaire decía que “la escritura es la pintura de la voz”. Y como deseo que mis palabras tengan trazo firme y color duradero, me permitirán leer lo que he preparado.
Cuentan que Bertrand Russell, ya en el ocaso de su vida, fue invitado a presentar su legado ante un auditorio repleto de estudiantes. Subió al estrado, los miró con serenidad y dijo: “He pasado la vida buscando la verdad, y apenas he encontrado fragmentos. Pero sigo creyendo que vale la pena buscar.”
Esa frase, sencilla y profunda, resume con admirable humildad el espíritu de quien ha dedicado su existencia al pensamiento. Y me sirve como brújula para lo que quiero compartir hoy: no certezas absolutas, sino fragmentos que, espero, valgan la pena.
Hoy no vengo solo a presentar un libro. Vengo a cerrar un ciclo. A rendir cuentas. A despedirme de una forma de estar en el mundo. Este acto no es para mí una mera presentación editorial: es, ante todo, un gesto vital. Es la entrega de una trayectoria, y también una despedida. Lo que comparto hoy es el resultado de años de trabajo, de alegrías y fracasos, de aprendizajes y decisiones éticas. Es una rendición de cuentas con mis lectores, con mis estudiantes, con mis colegas, y con las ideas que he defendido durante décadas.
[Y dicho esto, paso a contarles por qué este libro que hoy presento tiene para mí un sentido tan profundo y personal.]
Hoy cierro una etapa. Este será mi último libro. Lo he escrito para poner orden a mis preguntas, para afirmar mis convicciones, porque he decidido apartarme de la lógica mercantil que convierte todo en cifras y evaluación. Prefiero que este texto hable por sí solo, que enseñe sin rendirse al imperativo de la productividad.
Toda despedida verdadera no es un cierre, sino un acto de entrega. Lo que comparto aquí no son únicamente ensayos, datos o teorías. Son huellas de vida. Reflexiones nacidas entre clases y silencios, inspiradas por estudiantes inquietos, por lecturas que me desvelaban, por congresos que me removían, por polémicas necesarias que me empujaban a tomar posición, por recuerdos entrañables que me acompañaban como faros. Y, sobre todo, por una certeza: enseñar es resistir. Formar periodistas no es solo una tarea técnica, sino una responsabilidad filosófica. Porque un periodismo sin alma, sin preguntas ni conciencia, no merece llamarse así.
El título de este libro, Al final del camino, resume esa doble tensión: el cierre de un trayecto y la defensa de un periodismo ético y formativo, más allá de métricas. El subtítulo, Periodismo con alma: filosofía, enseñanza y resistencia, recoge el núcleo de esa apuesta: escucha, responsabilidad, pensamiento crítico y vocación transformadora frente a la mercantilización del saber.
[Y en esa entrega, lo que defiendo no es solo un libro, sino una manera de entender el periodismo y la docencia.]
Defiendo un periodismo con alma de filosofía. Un periodismo que cuestiona, que rehúye la superficialidad, que se atreve a pensar por sí mismo. Que no teme incomodar ni se doblega ante el poder. Un periodismo que, como decía Camus, se sitúa del lado de quienes sufren, no de quienes mandan.
¿Por qué hablo de resistencia? La resistencia ha sido el hilo que ha atravesado toda mi vida profesional. No como eslogan, sino como práctica cotidiana. Escribir, enseñar, pensar desde la conciencia crítica en un contexto que empuja al conformismo, a la banalización del saber y a la instrumentalización de la educación. Resistir ha sido rechazar la tecnificación vacía del periodismo y de la docencia, sembrar preguntas incómodas, defender la curiosidad como motor del pensamiento. Enseñar ha sido mi forma de resistir; escribir, una manera de permanecer. Frente a la prisa, elegí la reflexión lenta; frente al algoritmo, la palabra con alma.
[Esa misma filosofía de la lentitud y la reflexión me acompaña también cuando pienso en la enseñanza, en el aula, en mis alumnos.]
Llega un momento en que las palabras dejan de ser solo herramientas y se convierten en memoria, en legado. Escribir este libro ha sido eso para mí: un acto de memoria, de despedida, pero también una forma de permanecer. No es un punto final: es una manera de seguir acompañando —con ideas, con preguntas, con convicciones— a quienes continúan en este oficio que elegí y defendí durante cuatro décadas.
En ese recorrido, he sido testigo de transformaciones profundas: del mundo, de las instituciones, de los lenguajes, de las maneras de enseñar y narrar. He visto cómo el periodismo se ha modificado, a veces con esperanza, otras con desasosiego. He visto aulas cada vez más silenciosas, no por falta de voces, sino por exceso de ruido. He presenciado la tecnificación de la enseñanza, la confusión entre vocación y empleabilidad, y el reemplazo del deseo de comprender por la necesidad de producir. Frente a todo ello, intenté sostener una enseñanza que defendiera el pensamiento ético, en la que la palabra no fuera mercancía y el conocimiento no se midiera por su rendimiento.
Me gusta recordar a Hannah Arendt, cuando decía que educar es una forma de amor: la decisión de asumir la responsabilidad de transformar el mundo. Esa, quizá, ha sido siempre la razón de mi oficio.
No ha sido fácil. Enseñar periodismo como una práctica ética supuso ir a contracorriente. Pero nunca renuncié. Formar periodistas ha sido, para mí, formar ciudadanos lúcidos, sensibles, comprometidos. Mediadores de sentido, no simples operadores de información.
[Y junto a esa vocación, hubo también experiencias personales que marcaron profundamente mi manera de enseñar y de escribir.]
En lo personal, la lucha contra el cáncer y la pérdida de mi hijo Pablo —a quien dedico este libro, para abrazarlo donde ya no puedo— me empujaron a convertir la vida en testimonio. Recopilé, ordené y di forma a trabajos de toda una vida con la intención de ofrecerlos como legado. No desde la exhibición del dolor, sino desde el deseo profundo de otorgar sentido a la experiencia, de transformar la pérdida en una ofrenda pedagógica que pudiera acompañar a otros.
[Esa misma mirada vital atraviesa los temas del libro que hoy presento.]
Este libro aborda temas diversos: estructuras mediáticas, tecnologías, concentración informativa, financiarización del periodismo, el multilateralismo herido, los medios y su cobertura de los conflictos armados, los sistemas de propaganda en las democracias liberales y en las dictaduras de un signo o de otro, y el cine, tanto en su visión del periodismo como en su valor como herramienta en la enseñanza. Lo que los une es una mirada común: la voluntad de comprender cómo los medios construyen el mundo y cómo el periodismo puede interpelarlo y humanizarlo.
No es una obra sistemática ni lineal. Elegí el ensayo porque me permite respirar, dudar, explorar. Al modo de la Rayuela de Cortázar, cada capítulo, incluso cada ensayo de los que se compone, puede leerse por separado o en el orden que más agrade al lector, pero todos responden al mismo impulso: decir, aunque incomode; analizar, aunque desarme certezas. He repetido muchas veces que no vine a complacer. Que he dado guerra. Que no me disfracé de neutralidad para parecer más académico, en el sentido más barroco del término. Que siempre preferí decir verdades incómodas, aunque eso tuviera coste. Este libro, sin duda, está hecho de esas verdades.
[Y esas verdades no se construyeron solas: fueron el fruto de lecturas, de maestros, de influencias que dejaron huella en mí.]
He enseñado sin adoctrinar, he compartido sin imponer, he pensado sin adornos. He defendido siempre que el periodismo necesita más que técnicas: necesita preguntas. Les he dicho a mis alumnos que la objetividad no es técnica, sino renuncia al juicio. Que escribir es tomar posición. Que narrar implica conciencia. Que quien no se interroga al escribir, probablemente deje de pensar al vivir.
A veces pienso en Italo Calvino, que decía haber aprendido de su maestra que escribir bien no era adornar, sino comprender. Tal vez enseñar periodismo sea eso: ayudar a otros a comprender antes que a brillar.
Yo también tuve un maestro que encendió mi vocación: Antonio Sánchez-Bravo, periodista, filósofo, docente. Con él entendí que el periodista es un sujeto ético, que responde por lo que dice y por lo que calla. En sus clases, la ética era el centro del periodismo, no un apéndice. Aprendí que el rigor exige sensibilidad, que escribir con convicción es una forma de resistencia: abrir preguntas, sostener miradas, incomodar en silencio.
Leí a Aristóteles, a Husserl, a Jaspers, a los filósofos de la sospecha (a Marx, a Nietzsche y a Freud), a la Escuela de Frankfurt (desde Adorno a Habermas, sin olvidarme nunca de Walter Benjamin). Aprendí Economía Política de la Comunicación. Leí a Chomsky y descubrí que mi tarea como profesor y como periodista era cuestionar lo dado. Que no hay hechos puros, solo interpretaciones. Que investigar es siempre una práctica ética.
Con Paulo Freire comprendí que enseñar es un acto de libertad. No es transferir contenidos, sino despertar la curiosidad. Más que proclamar la libertad de información, aprendí a defender una información que libere: que empodere, que permita decidir.
Hay oficios que trabajan en la sombra y otros que buscan alumbrar. Permítanme que juegue con Descartes. Dudo, luego pienso. Pienso, luego insisto. El periodismo, cuando no se rinde, cuando incomoda y revela, se convierte en memoria colectiva. En tiempos de posverdad, es imperativo.
[Y después de todo ese camino recorrido, llega el momento de despedirme con gratitud y serenidad.]
Hoy bajo el telón sin estridencias. Con la conciencia tranquila. Dije lo que debía decir. Escribí con libertad y, espero, con honestidad. Si este libro despierta alguna inquietud, siembra alguna duda o acompaña a alguien que aún cree que el periodismo puede ser otra cosa, entonces habrá cumplido su propósito.
Mientras recojo y archivo mis textos por última vez, me viene a la mente aquella escena de El Cuarto Poder —una película que es una lección de buen periodismo desde el primer al último fotograma— cuando los periodistas, que acaban de saber que su periódico, que siempre luchó por decir la verdad, va a ser vendido a una cadena de prensa amarilla, se reúnen en el bar para despedirlo como si fuera un viejo amigo. Lo rodean de velas, lo honran con palabras sinceras, y una veterana periodista, con voz temblorosa pero firme, dice:
“Le di los más maravillosos catorce años de mi vida. Y ¿qué he recibido a cambio?. Ochenta y un dólares en el banco, dos maridos difuntos y dos o tres críos que siempre desee pero que nunca conseguí. (…) Cubrí todos los temas. Desde ejecuciones hasta escándalos amorosos. Me cayeron algunos techos encima, perdí dos o tres dientes y nunca pude ver París. Pero, ¿sabéis una cosa?: no cambiaría esos años por nada del mundo.”
Y yo, que no cubrí crímenes ni escándalos, pero sí corregí cientos de redacciones, escuché miles de preguntas y vi cómo se encendían miradas cuando algo se comprendía por primera vez, siento exactamente lo mismo.
Me cayeron encima reformas curriculares, burocracias absurdas, madrugones eternos y alguna que otra decepción. Perdí tiempo, energía y, a veces, hasta la paciencia. Y no, tampoco llegué a París con mis alumnos, aunque recorrimos juntos mundos enteros desde el pupitre. Y, como esa periodista, yo tampoco cambiaría estos años por nada del mundo. Porque enseñar no fue solo un trabajo: fue mi manera de habitar el mundo. Luché por la curiosidad, por la empatía, por la palabra que interroga. Y aunque esta etapa termina, la vocación no se apaga.
Brindo, como aquellos periodistas, por cada clase, cada alumno, cada instante que me hizo sentir en el lugar correcto.
[Y mientras brindo por lo vivido, también miro con lucidez el presente universitario y lo que significa resistir dentro de él.]
Por mis clases han pasado varias generaciones de periodistas y de docentes. He dirigido las tesis doctorales de profesores que hoy son referentes en España y América Latina. Pero no aspiro a dejar escuela. Solo deseo que, en alguna clase futura, alguien recuerde que hubo quienes defendieron otra forma de enseñar este oficio. Que no buscaron agradar, sino provocar. Que ofrecieron preguntas difíciles. Que creyeron que escribir podía seguir siendo un acto de dignidad.
Enseñar es sembrar sin saber cuándo germinará la semilla. Confiar en que alguna palabra encenderá una chispa. Esa fe —profundamente política— me sostuvo frente a la imposición del Espacio Europeo de Educación Superior, la ANECA y la lógica gerencial que arrasó con el pensamiento crítico.
Soy ya un profesor muy veterano, casi un “viejo profesor”. Me quedan un par de cursos antes de que la ley me retire oficialmente de la vida académica. Pero esta obra simboliza ese punto de inflexión que toda carrera necesita. No abandono la palabra: me aparto del engranaje que la convierte en número.
Después de tantos años, me fatiga un sistema que confunde investigación con rendimiento y reflexión con productividad. He sentido el cansancio de ver cómo el pensamiento se somete a métricas que no miden ni la pasión ni la ética. Al final del camino, he visto —con más pena que rabia— cómo mi Universidad Complutense maltrata a sus profesores más veteranos por no tener lo que llaman un “sexenio vivo”.
Como si la dignidad docente caducara cada seis años. No lo tenemos, en muchos casos, ni por pereza ni desidia, sino por convicción. Porque negarse a someterse a la ANECA no es abandono: es resistencia. Es un ejercicio de oposición a un sistema infame que convierte la vocación en expediente y el pensamiento en trámite.
No es una renuncia amarga, sino un gesto de coherencia. Seguiré escribiendo, pero sin etiquetas ni evaluaciones, solo por el placer de seguir pensando y compartiendo.
Quiero que este libro marque ese tránsito: del deber al deseo, de la exigencia al sentido.
Al final del camino, miro atrás sin nostalgia ni lamento. Que estas páginas sean mi última crónica y mi último alegato. Mi manera de decir gracias, de afirmar que valió la pena. De recordar que, incluso cansado, sigo creyendo en la fuerza transformadora de la palabra.
Entiendo ahora a Einstein cuando decía que enseñar le obligaba a pensar despacio. Esa lentitud consciente, esa pausa ética, es quizá lo más valioso que nos queda frente al vértigo del mundo.
Amigos y amigas: enseñar fue mi forma de resistir, y resistir… mi manera de seguir creyendo en el ser humano. Aquí estoy. Aquí estuve. Esto pensé, esto enseñé, esto defendí.
Muchas gracias por su atención.

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