El genocidio en Gaza interpela a nuestras universidades

Por Fernando Quirós

Como profesor universitario, mi labor no se limita a transmitir conocimiento. También tengo el deber de formar conciencia, de cultivar pensamiento crítico, de defender la dignidad humana. Y por eso hoy escribo esta carta. Porque hay momentos en los que el silencio es traición, y este es uno de ellos.

El Holocausto fue una herida abierta en la historia de la humanidad. Seis millones de judíos exterminados por un régimen que convirtió el odio en sistema. Fue una tragedia que nos obligó a mirar el abismo y a decir “nunca más” con solemnidad y vergüenza.

Pero hoy, ese “nunca más” se tambalea.

Desde Gaza, el grito de los inocentes vuelve a romper el cielo. Hoy, un pueblo que fue víctima del exterminio, que conoce el dolor de la persecución, está cometiendo actos que recuerdan demasiado a lo que juramos no repetir. No es una comparación ligera. Es una paradoja dolorosa. Es una llamada urgente a la conciencia.

No se trata de negar el derecho de Israel a existir. Se trata de denunciar que ese derecho no puede construirse sobre la negación del derecho palestino a vivir. No se trata de borrar la memoria del Holocausto. Se trata de impedir que esa memoria se convierta en escudo para justificar crímenes.

El sufrimiento no da licencia para causar sufrimiento. La historia no otorga inmunidad moral. Y el dolor, por más legítimo que sea, no puede ser usado como arma.

Y no puedo evitar señalar la hipocresía de quienes se escandalizan por una protesta pacífica en la Vuelta Ciclista, como si interrumpir una carrera fuera el mayor crimen imaginable. ¿Dónde estaban esas voces cuando se bombardeaban hospitales en Gaza? ¿Dónde estaba su indignación cuando se cortaba el agua, la electricidad, el acceso a alimentos a millones de seres humanos?

¿De verdad les molesta más una pancarta en una carretera que los cuerpos de niños bajo los escombros?

La protesta no es violencia. La protesta es el último recurso de quienes ya no tienen voz en los medios, ni espacio en los parlamentos, ni justicia en los tribunales. Si una carrera se detiene por unos minutos para que el mundo mire hacia Gaza, entonces que se detenga. Porque hay cosas más urgentes que el cronómetro.

Quienes se escandalizan por una protesta pero callan ante una masacre no defienden el orden: defienden la comodidad. Y yo, como profesor universitario, no estoy aquí para proteger la comodidad. Estoy aquí para incomodar con la verdad.

Y la verdad es esta: el sionismo, como ideología política que justifica la supremacía de un pueblo sobre otro, fue condenado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en la Resolución 3379, adoptada el 10 de noviembre de 1975, que afirmaba que “el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial”. Aunque esta resolución fue revocada en 1991 mediante la Resolución 46/86, su contenido sigue siendo una advertencia histórica. Y no fue revocada por consenso moral, sino por presión política: Estados Unidos e Israel exigieron su eliminación como condición para avanzar en las negociaciones de paz en Oriente Medio. La diplomacia se impuso a la ética, y el poder borró lo que la conciencia había escrito.

Y mientras todo esto ocurre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha decidido prohibir los símbolos de apoyo a Palestina en colegios e institutos, vetando banderas, pancartas y cualquier expresión de solidaridad con Gaza. Lo hace en nombre de la “neutralidad política”, pero esa neutralidad es falsa cuando se permite el apoyo a Ucrania y se censura el apoyo a Palestina. Es una censura ideológica que pretende silenciar la conciencia de los jóvenes, impedir que la educación sea también un espacio de empatía y justicia.

Frente a esa censura, quiero destacar el gesto valiente de la Universidad del País Vasco, que en un acto de dignidad y decencia ha roto sus vínculos institucionales con Israel. No por odio, sino por coherencia. Porque no se puede colaborar con quienes violan sistemáticamente los derechos humanos sin traicionar los valores que una universidad debe defender: la libertad, la justicia, la paz.

Y en contraste, la Universidad Complutense de Madrid vive una paradoja dolorosa: mientras su comunidad académica se moviliza con fuerza —acampadas, manifiestos, redes como Complutense por Palestina— el rectorado sigue sin romper sus vínculos institucionales con Israel. La conciencia se agita en las aulas, pero la institución calla. ¿Cómo puede una universidad que forma conciencia seguir atada a quienes la pisotean?

Y más allá del ámbito universitario, la incoherencia internacional es flagrante. Cuando Rusia invadió Ucrania, el mundo reaccionó con sanciones, boicots culturales, rupturas diplomáticas y condena unánime. Pero cuando Israel arrasa Gaza, destruye hospitales y mata a miles de niños, no hay boicot, no hay sanciones, no hay ruptura de relaciones académicas. ¿Por qué el sufrimiento palestino no merece la misma solidaridad que el ucraniano? ¿Por qué se castiga a artistas rusos por su pasaporte, pero se invita a instituciones israelíes que colaboran con la ocupación?

Y en este escenario, la Unión Europea ha optado por la tibieza. Ha emitido comunicados ambiguos, ha evitado sanciones reales, ha priorizado los equilibrios diplomáticos sobre los principios éticos. Su voz, cuando se escucha, llega tarde y sin fuerza. ¿Dónde está la firmeza que mostró ante otras crisis? ¿Dónde está la defensa activa de los derechos humanos que proclama en sus tratados? La tibieza europea no es neutralidad: es abandono. Y ese abandono tiene consecuencias.

Tampoco puede ignorarse el silencio —cómplice o cobarde— de muchos gobiernos árabes. Mientras Gaza se desangra, varias capitales de la región optan por mirar hacia otro lado, proteger sus intereses geopolíticos o mantener relaciones diplomáticas con quienes perpetúan la ocupación. La retórica de solidaridad se desvanece cuando se requiere acción concreta: ni ruptura de relaciones, ni presión efectiva, ni ayuda humanitaria proporcional al desastre. ¿Dónde están las voces de quienes comparten lengua, historia y frontera con Palestina? ¿Dónde está el compromiso real con la causa que durante décadas han proclamado? La indiferencia árabe no solo hiere: traiciona.

La doble vara con la que se mide a Rusia y a Israel no solo revela hipocresía: revela complicidad. Y como profesor universitario, me niego a ser parte de ese silencio selectivo.

Yo no soy palestino. No soy judío. Pero soy humano. Y soy profesor. Y por eso me duele Gaza. Me duele cada niño enterrado bajo escombros. Me duele cada madre que llora sin justicia. Me duele cada silencio cómplice que convierte el horror en rutina.

La memoria del Holocausto debe servir para proteger a todos los pueblos, no para justificar la opresión de uno sobre otro. Si no aprendimos eso, entonces no aprendimos nada.

Por eso escribo. Para decir que el “nunca más” es ahora. Que la dignidad humana no tiene fronteras. Que la justicia no tiene bandera. Y que la libertad de Palestina es también una deuda con la historia.