
Por Fernando Quirós
Desde este curso académico, la Facultad de Ciencias de la Información ha dado un paso firme hacia la digitalización del control docente. ¿Cómo? Implantando un sistema que permite —o más bien exige— que el profesorado registre su actividad escaneando un código QR desde el aula o laboratorio. Porque en esta nueva era universitaria, la docencia no se valida por el contenido impartido, la interacción con el alumnado o el esfuerzo pedagógico… sino por un clic en un formulario.
La pedagogía del formulario
El procedimiento es “ágil, seguro y ecológico”. Tres adjetivos que, curiosamente, no tienen nada que ver con la enseñanza. El docente entra al aula, saluda a sus estudiantes, enciende el proyector, abre su portátil, y antes de hablar de periodismo, comunicación política o semiótica, debe cumplir con el ritual burocrático: sacar el móvil, apuntar al adhesivo del QR, introducir su correo institucional (el “canónico”, por supuesto), y pulsar “enviar”. Todo esto en menos de un minuto, como si la docencia fuera una carrera contrarreloj contra el olvido administrativo.
Y si alguien pensaba que este sistema no interferiría con la dinámica de clase, que se lo cuente al profesor que, en su primer día, entró con entusiasmo a impartir una sesión sobre comunicación política. Antes de poder saludar, comenzó la coreografía del nuevo ritual: sacó el móvil, buscó el código QR pegado en la esquina de la mesa (tapado parcialmente por una pegatina de “Free Palestine”), apuntó la cámara, esperó… nada. El QR no respondía. Cambió de ángulo, se agachó, se levantó, hizo sombra con la mano como si estuviera cazando Pokémons. Los alumnos, confundidos, pensaban que era parte de una dinámica interactiva. “¿Es esto gamificación?”, susurró uno. Finalmente, tras instalar una app que pedía acceso a sus contactos, ubicación y alma, logró abrir el formulario. Introdujo su correo canónico, escribió “Clase sobre populismo en Europa” en observaciones, y pulsó enviar. Justo entonces, el ordenador del aula se reinició solo y proyectó en la pantalla: “Actualizando Windows”. La clase comenzó 20 minutos tarde, pero al menos quedó registrada.
El correo como dogma
El sistema exige el uso exclusivo del correo “canónico”. No se admiten alias, ni correos alternativos, ni adaptaciones. Si tu identidad digital no coincide con el patrón institucional, tu clase no existe. Puedes haber impartido una sesión brillante, haber resuelto dudas complejas, haber motivado a estudiantes desorientados… pero si no registraste tu actividad con el correo correcto, eres invisible para el sistema. La docencia se ha convertido en una cuestión de protocolo, no de impacto.
El olvido como delito
¿Olvidaste escanear el QR? ¿Te distrajiste atendiendo a un estudiante? ¿Llegaste tarde porque el transporte falló? No hay margen para el error humano. Debes enviar un correo explicando tu falta, como si fueras un infractor administrativo. La Facultad no contempla la posibilidad de que el docente, en su labor, tenga prioridades más urgentes que validar su existencia digital. La pedagogía queda subordinada al cumplimiento de un procedimiento que, paradójicamente, no mejora la calidad educativa, sino que la burocratiza.
Y si alguien cree que esto no afecta a la docencia real, que se lo cuenten al profesor que organizó una visita a la redacción de El País y a los estudios de la SER. Con los alumnos ya en la puerta del metro, la emoción en el aire y la jornada periodística por comenzar, tuvo que regresar corriendo al aula vacía solo para escanear el QR. Buscó el adhesivo como si fuera una reliquia, sacó el móvil, abrió la cámara, introdujo su correo canónico y pulsó “enviar”. Luego volvió a la estación sudando como si hubiera dado una clase de crossfit, mientras pensaba: “Qué bonito es enseñar… cuando te dejan.”
Control disfrazado de eficiencia
Este sistema no es una herramienta pedagógica, sino un mecanismo de control. Se presenta como una mejora tecnológica, pero en realidad es una forma de vigilancia institucional. El docente ya no es un profesional autónomo, sino un operador que debe validar su presencia mediante un acto mecánico. No se habla de cómo se protegen los datos, ni de qué uso se hará de ellos, ni de si este sistema será evaluado por su impacto real en la docencia. Se impone sin debate, sin consulta, sin reflexión.
¿Dónde queda la educación?
En medio de esta obsesión por el escaneo, el formulario y el correo canónico, nadie parece preguntarse qué aporta este sistema a la enseñanza. ¿Mejora la relación con los estudiantes? ¿Fomenta la innovación pedagógica? ¿Reconoce el esfuerzo docente? No. Solo contabiliza. Reduce la actividad académica a un número, a una marca digital, a una casilla que se puede verificar. La Facultad, en su afán por digitalizarlo todo, ha olvidado que la educación no se mide en segundos ni en clics, sino en experiencias, en vínculos, en transformación.
Conclusión: El docente como burócrata digital
Este sistema es el síntoma de una lógica institucional que prioriza el control sobre la confianza, el procedimiento sobre el contenido, y la apariencia de eficiencia sobre la verdadera calidad educativa. En vez de empoderar al docente, lo reduce a un escaneador de códigos. En vez de valorar la enseñanza, la convierte en un trámite. Y en vez de construir una comunidad académica, impone una cultura de vigilancia.
La Facultad de Ciencias de la Información debería preguntarse si quiere formar comunicadores críticos o simplemente operadores obedientes. Porque si seguimos por este camino, pronto el aula será solo un escenario donde el conocimiento se escanea, pero no se comparte.

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