Crónicas del Decano Emérito. Capítulo VII

Por Fernando Quirós

Este relato es una ficción. Cualquier semejanza con personas reales es una coincidencia tan grotesca como improbable. A través de un encuentro imaginado entre los titanes del cine mundial, se escenifica el más inverosímil de los encargos: convertir al Emérito en leyenda fílmica. Lo que debía ser una epopeya digna de la alfombra roja terminó siendo algo más cercano a una parodia sin presupuesto… ni guion… ni protagonista digno,


El Emérito quiere su película

Convencido de que su paso por la academia marcó un antes y un después (aunque nadie parecía tener claro exactamente en qué), el Decano Emérito decidió encargar una película sobre su “legado”. No contento con una simple biografía, exigió que fuera una obra maestra. Para ello, envió una carta escrita en mayúsculas sostenidas y negritas innecesarias a los más grandes directores del cine. El título sugerido: “Mi Historia Inmortal (Versión Extendida con Comentarios del Autor).”

La sala, envuelta en penumbra y egos, olía a celuloide quemado y resignación. Allí se encontraban los grandes maestros. Alguien puso café. Otro preguntó quién era el tal Emérito.

Kubrick, impasible, rompió el silencio. —¿Y este tipo… sabe lo que es un plano secuencia?

Hitchcock hojeó el dosier que les había enviado el Emérito. —Tiene una cronología de sus discursos… y una sugerencia para que lo interprete Anthony Hopkins. Como él mismo dice, “por el parecido intelectual”.

Fellini soltó una risa larga y líquida. —Esto no es cine. Esto es autoficción megalómana con presupuesto de fotocopiadora.

Bergman frunció el ceño. —Propone un tercer acto titulado “Ascenso eterno”. ¿Acaso no entiende que toda narrativa necesita una caída?

Buñuel leyó en voz alta: —“La escena del banquete debe mostrar que todos me respetan. Si es posible, incluir plano de aplauso general de pie.” Ni siquiera Goya imaginó tal monstruo.

Coppola hojeó la carpeta sin entusiasmo. —Esto no es El Padrino. Es El Abuelito quiere volver.

Scorsese movió la cabeza. —Ni con banda sonora de Morricone lo salvamos. Y eso que propone abrir con una versión sinfónica de su propio discurso de jubilación.

Leone, desde el fondo, murmuró: —Es todo demasiado artificial. Es un western sin desierto, sin revólver, y sin final.

Entonces, Welles, que no se inmutaba por nada, exclamó: —Caballeros, esto no es una película. Es una solicitud de canonización en formato audiovisual.

Chaplin, observando la portada del dossier —una foto del Emérito con toga, banda académica y su propio retrato de fondo— dijo, conteniendo la risa: —¿Y si todo esto fuera una comedia? ¿Una en la que el protagonista no sabe que está en una?

Y en ese instante, como si respondiera a una llamada invisible de su propio ego, apareció él: el Emérito. Envuelto en su capa ceremonial, gafas de lectura en la coronilla, y una copia de su CV plastificada bajo el brazo.

—Maestros —declaró con tono de oráculo—: he preparado un storyboard. También he subrayado mis frases más memorables por si queréis integrarlas. Por ejemplo: “Yo represento la excelencia.” Creo que eso puede cerrar la película.

Scorsese hojeó el documento con expresión de espanto. —¿Esto lo ha escrito él?

Kubrick asintió. —Y al parecer quiere una escena en helicóptero sobrevolando la facultad al amanecer… con banda sonora de Vangelis.

Fellini lo dijo sin tapujos:

—Perdonad, pero… ¿cómo ha llegado este tipo, no ya a decano… sino a profesor de producción y guion?

Buñuel se encogió de hombros. —Mystère de la foi, querido.

Hitchcock revisó el resumen narrativo. —Propone un monólogo interior de doce páginas al estilo Hamlet. Pero sin conflicto, sin trama, y sin más personaje que él mismo.

Chaplin rió. —Yo he rodado mudas con más contenido dramático que esto.

El Emérito, ajeno al motín silencioso que provocaba, siguió hablando:

—También he considerado un título alternativo: El Hombre que Nunca Cayó. Estoy disponible para interpretarme. He ensayado el tono: sereno, sabio, indiscutible.

Kubrick susurró: —Indiscutiblemente insoportable.

Buñuel cerró los ojos. —Podríamos rodarla… pero sin película.

Fellini: —O en falso documental. Que el espectador crea que es verdad, y luego descubra que ni el protagonista lo sabe.

El Emérito, encantado consigo mismo, hizo una reverencia tan dramática como innecesaria. Tropezó con una silla invisible y desapareció por el pasillo, murmurando: “Me gusta el plano cenital, me da majestuosidad”.

Los directores guardaron silencio. Solo se oyó a Chaplin susurrar:

—Esto no necesita un final. Ya nació como epílogo.

Entonces, una segunda puerta se abrió lentamente. De ella emergió un hombre de barba blanca, sombrero húngaro y gesto concentrado. Llevaba un bloc de notas y una mirada entre el asombro y la fatiga.

—Perdonad la interrupción —dijo—. Soy el doctor Freud. ¿Ha pasado por aquí un sujeto que responde al título de “Decano Emérito”? Delirio de grandeza, libido desplazada a objetos simbólicos, fantasía cinematográfica persistente…

Kubrick señaló hacia el pasillo. —Va por allí. Cree que lo espera la alfombra roja.

Freud asintió. —Sí, está en la fase maníaca. Cree que Spielberg le va a devolver la llamada.

Anotó algo en su libreta con pulso firme. —Diagnóstico preliminar: complejo de celuloide. Prognosis: irreversible.

El humo de los cigarros se disipó, dejando solo una certeza flotando en el aire: el Emérito no fue una leyenda mal entendida. Fue un caso clínico con vocación de Oscar.