
Por Fernando Quirós
Las universidades del siglo XXI han logrado lo que parecía imposible: convertir la enseñanza en un trámite administrativo. En un mundo donde la pedagogía se mide con encuestas de satisfacción y reportes burocráticos, cabe preguntarse cómo figuras como Albert Einstein y Miguel de Unamuno habrían sobrevivido hoy a los sistemas de evaluación de la calidad docente de la universidad gerencial.
Hoy les propongo un juego: hagamos pasar a ambos por el programa DOCENTIA-UCM, ese minucioso mecanismo diseñado para garantizar que los profesores cumplen con los estándares administrativos más exigentes. ¿Podrán estos intelectuales superar los criterios modernos sin perder su esencia? Veamos qué tan bien se adaptan a una evaluación que, en lugar de medir el impacto de sus ideas, valora su habilidad para rellenar formularios y encantar a los estudiantes con metodologías «innovadoras«.
Albert Einstein: demasiado brillante para la tabla de Excel
Si DOCENTIA-UCM hubiese evaluado a Einstein, el resultado habría sido una tragicomedia académica.
Las encuestas estudiantiles (65,50%), diseñadas para medir la calidad de la enseñanza según la percepción de los alumnos (porque, claramente, los estudiantes siempre saben juzgar la profundidad del conocimiento mejor que nadie), habrían condenado a Einstein por su método poco convencional. Su obsesión por conceptos profundos y su resistencia a simplificar la física para la comodidad del alumnado lo habrían convertido en un candidato perfecto para recibir críticas por ser «difícil de seguir».
La autoevaluación del profesor (27,50%) habría sido otro obstáculo burocrático. Einstein, más ocupado en redefinir las leyes del universo que en rellenar formularios administrativos, difícilmente encontraría motivación para este trámite. Su respuesta probablemente se reduciría a un escueto “E=mc²”, mientras el comité de evaluación intentaría descifrar en qué apartado encajar semejante declaración.
La evaluación del departamento (4%) tampoco le habría favorecido. En una academia donde la independencia intelectual es vista con recelo, su insistencia en desafiar paradigmas lo haría un elemento incómodo. Tal vez su departamento prefiriera a alguien menos revolucionario y más obediente a la estructura, alguien que no pasara las tardes cuestionando los fundamentos del espacio-tiempo. Por último, los otros criterios (3%), como la participación en actividades burocráticas, estarían fuera del alcance de Einstein. No se puede esperar que quien revolucionó la física pierda el tiempo en talleres de pedagogía institucional cuando su mente está ocupada en revelar los secretos del cosmos. Así, el sistema concluiría que su falta de integración en estos programas demuestra un preocupante desinterés por la docencia, aunque, paradójicamente, generaciones enteras se hayan inspirado en sus enseñanzas.
🔹 Conclusión: El genio de Einstein habría quedado sepultado bajo montañas de formularios y encuestas de satisfacción. Un talento desperdiciado por no ajustarse a los requisitos de la pedagogía moderna.
Miguel de Unamuno: demasiada pasión, poco respeto por los trámites
Si Unamuno fuese evaluado por DOCENTIA-UCM, los resultados no solo serían polémicos, sino probablemente catastróficos.
Las encuestas estudiantiles (65,50%), herramienta infalible para determinar la calidad de un profesor (porque, evidentemente, un docente excepcional es aquel que no incomoda demasiado al alumnado), condenarían a Unamuno por su estilo provocador. Su tendencia a desafiar ideas establecidas y a fomentar el pensamiento crítico no sería bien recibida por quienes buscan clases estructuradas, cómodas y predecibles. Para algunos, su enseñanza basada en el debate y la confrontación sería estimulante; para otros, una incomodidad innecesaria. Y dado que solo se requiere la participación del 15% de los matriculados, existe el riesgo de que los detractores sean los que definan su evaluación.
La autoevaluación del profesor (27,50%) tampoco jugaría a su favor. En lugar de cumplir con los requisitos burocráticos, Unamuno aprovecharía el formulario para escribir un discurso apasionado sobre la decadencia del pensamiento universitario. En vez de señalar sus propias áreas de mejora, probablemente enviaría un ensayo titulado La servidumbre de los sistemas académicos y esperaría que su respuesta sirviera como lección para el comité evaluador.
La evaluación del departamento (4%), por supuesto, le supondría otro obstáculo. Con un historial de enfrentamientos con las autoridades académicas, difícilmente recibiría una evaluación amable por parte de sus colegas. Su independencia intelectual y su espíritu combativo harían que la valoración estuviera más influenciada por conflictos ideológicos y personales que por su verdadera capacidad docente.
Por último, los otros criterios (3%), aquellos requisitos burocráticos diseñados para garantizar que los profesores participan activamente en el sistema institucional, serían prácticamente irrelevantes para Unamuno. La pedagogía institucional y los programas de innovación docente le parecerían poco más que formalidades vacías. Para alguien que concebía la educación como una experiencia de lucha intelectual, la adaptación a estos procedimientos sería imposible.
🔹 Conclusión: Unamuno terminaría clasificado como “difícil”, “problemático” o, peor aún, “poco alineado con la misión institucional”. Porque, en una universidad gerencial, pensar demasiado es una falta grave.
La inevitabilidad del castigo administrativosi sI Einstein y Unamuno creyeran que podían escapar del escrutinio burocrático simplemente negándose a participar en Docentia-UCM, estarían muy equivocados. En tal caso, se les otorgaría una calificación “no positiva” (el eufemismo administrativo para «pésimo desempeño») y, como medida correctiva, serían inscritos en un prestigioso curso de Reorientación Docente.
En dicho curso, aprenderían los valores esenciales de la docencia moderna, tales como la correcta estructuración de PowerPoints, la importancia de repetir conceptos básicos para mejorar las estadísticas de aprobación y, por supuesto, el arte de la burocracia universitaria. Einstein se vería obligado a redactar objetivos de aprendizaje alineados con competencias genéricas, mientras Unamuno recibiría clases sobre cómo formular preguntas sin incomodar al alumnado.
El destino de otros intelectuales en DOCENTIA-UCM
Si sometiéramos a Umberto Eco, Jürgen Habermas, Jean-Paul Sartre y José Luis López Aranguren al implacable escrutinio de DOCENTIA-UCM, el resultado seguiría el mismo patrón de desastre burocrático. Eco, con su erudición y su obsesión por la semiótica, probablemente recibiría valoraciones irregulares por «densidad conceptual» y «exceso de referencias culturales que dificultan la accesibilidad». Habermas, con su enfoque en la teoría de la comunicación y el discurso racional, se encontraría en la encrucijada de intentar explicar la democracia deliberativa mientras es evaluado por criterios preestablecidos que él mismo cuestionaría. Sartre, feroz defensor de la libertad y enemigo de las estructuras opresivas, sería etiquetado como «problemático» y «difícil de gestionar», recibiendo una calificación que lo enviaría directamente a un curso de adaptación pedagógica (que, por supuesto, boicotearía en nombre de la autenticidad intelectual). López Aranguren, crítico con el pensamiento oficial y siempre comprometido con la ética, probablemente terminaría marginado por su escasa adecuación a los estándares administrativos. En resumen, el destino de estos intelectuales en DOCENTIA-UCM no sería muy distinto al de Einstein y Unamuno: lo que los hacía brillantes los convertiría en candidatos idóneos para ser considerados docentes “no recomendables”.
Los arquitectos del desastre burocrático
Si hay un grupo digno de reconocimiento por su infalible capacidad para convertir la enseñanza en una burocracia sin alma, es el comité que está detrás de DOCENTIA-UCM. Con una destreza admirable, han logrado transformar la figura del profesor en un técnico administrativo cuya excelencia se mide en encuestas y formularios. Son los arquitectos de un sistema que confunde pedagogía con gestión de recursos humanos, donde lo primordial no es inspirar, sino cumplir con indicadores. A estos visionarios no les interesa si un docente enciende la chispa del pensamiento crítico; lo que realmente importa es que sepa usar correctamente el sistema de autoevaluación y participe en reuniones de «innovación docente» que, paradójicamente, nunca han producido nada revolucionario. Y si un profesor se muestra demasiado creativo, demasiado independiente, demasiado… incómodo, siempre hay una solución: un informe negativo, un curso de adaptación o, en el peor de los casos, una invitación cordial a revisar su «vocación» dentro del marco normativo. Porque, al fin y al cabo, la enseñanza moderna no necesita intelectuales; necesita obediencia protocolaria.
CONCLUYENDO:
El sistema de evaluación docente ha logrado una hazaña impresionante: transformar la educación en un trámite administrativo. Genios como Einstein y Unamuno, que desafiaban la mediocridad y promovían el pensamiento crítico, serían los primeros en caer bajo su implacable maquinaria burocrática. En un mundo donde la enseñanza se mide con encuestas y procedimientos estandarizados, la verdadera pregunta es: ¿cuánto talento se está perdiendo por culpa de un sistema que prioriza el papeleo sobre la inspiración?



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